Ir al súper es súper si eres Superman

Reuben Morales👂🏻@ReubenMoralesYA

En el mundo laboral de hoy existe algo llamado “pausas activas”. Pero estemos claros. Pareciera un nombre pomposo que se inventó un sindicalista para que no lo botaran por salir de la oficina, en plena jornada laboral, a fumar y tomar café.

Aunque para quienes trabajamos desde casa, sabemos que una pausa activa más bien se traduce en un “voy a aprovechar para lavar los platos” o “me da chance de ir al supermercado rapidito”. Les confieso que yo siempre prefiero esta última. Así me evito lavar los platos.

Entonces entro al supermercado y comienzo mi compra agarrando un brócoli. Porque ya aprendí que el brócoli perfecto no es el que está amarillento ni el que está muy pequeño y con ramas. El brócoli perfecto es aquel que podría llevar en la iglesia una novia vegana.

Luego llego a ese producto de primerísima primera necesidad en mi cesta básica: el café. Del cual no agarro uno, sino tres empaques. Porque siempre pienso que cuando los extraterrestres en verdad quieran dominar a la raza humana, no lo harán destruyendo la Casa Blanca. Lo harán bombardeando todos los sembradíos de café del mundo para luego colonizar a un planeta Tierra que nadie saldrá a defender por tener demasiado sueño.

Después me aborda una mujer muy guapa haciéndome creer que quiere algo conmigo porque yo también soy demasiado guapo:

- Hola, ¿cómo estásss?

- Bien, gracias, ¿y tú? Mucho gusto, me llamo Reuben.

- Y yo, Cristina. Mira, ¿tú que eres alto me podrías alcanzar una botella de ese aceite que está allá arriba?

¿Por qué no cobro cada vez que me piden ese favor en el supermercado? No me haría millonario, pero al menos tendría para comprar más café.

Ahora paso por la zona de las golosinas y recuerdo que debo llevar nachos para una reunión en casa de unos amigos que tienen un perro gigante. Los tomo y de inmediato pienso en cuál acompañante les iría bien. ¿Salsa de queso, vegetales o guacamole? Al final da lo mismo porque no importa cuál lleve, igual acabaremos comiéndonos esos nachos con el acompañante especial de la casa: los pelos que bota el perro.

Ya listo, llego a la fila en donde me encuentro con todos los otros vecinos que también andan en su pausa activa. Momento peculiar en donde se pone muy inactiva la pausa activa, brindando un valioso tiempo para reflexionar. Lo malo es que no termino reflexionando sobre lo importante, sino que me pongo a pensar cosas como cuántas más cámaras traerá un celular en el futuro. ¿Dieciséis? ¿Toda la parte de atrás del teléfono serán puros lentecitos?

¡Ahora sí! ¡Al fin! ¡Soy el primero en la fila!... Bueno, ya no porque llega una señora que me dice:

- Señor, ¿me deja pagar este pimentón rapidito?

- Dele, señora.

Porque si algo me caracteriza es mi caballerosidad. Tanto así que ese día, cuando llegue la nave alienígena, dejaré que la señora se suba primero. Pero por ahora, la señora lleva el pimentón a la caja:

- Son dos mil pesos, señora.

- Ya le pago con estas moneditas.

- Amiga, pero este pimentón está como pasado.

- ¿En serio? Ay, déjeme ir a cambiarlo.

Por lo cual ahora debemos esperar a que la señora haga otra audición de pimentones mientras los de la fila comienzan a odiarme más que a entrenador exigente de gimnasio. Pero la señora vuelve rápido:

- Mejor llevo una cebolla.

- Entonces déjeme borrar el pimentón del sistema para meter la cebolla.

- Cómo se ha puesto la vida de cara, ¿no?

Y si no es porque en ese instante carraspeo duro, a la película del pimentón le hubiesen hecho secuela, precuela y hasta serie animada.

¡Pero ahora sí! ¡Por fin llega mi turno! La cajera comienza a pasar mis productos por el escáner y entro a esa fase de la compra que es protagonizada por la uña, porque la cajera toca la pantalla con su uña acrílica de 17 centímetros, marco la clave de mi tarjeta con la uña, abro la bolsa plástica con la otra uña y saco mi compra del supermercado gracias a la

certificación del mejor sistema tecnológico para acreditar la legitimidad de cualquier factura: la uña del vigilante.

Es así como salgo del súper y llego a mi casa poniendo fin a esta pausa activa demasiado activa. Sin embargo, ahora me encuentro con una nota que me dejaron en la cocina: “Por favor lava los platos”. Excelente excusa. Creo que es momento de otra pausa activa.

Gracias, Transmilenio de Bogotá

Reuben Morales👂🏻@ReubenMoralesYA

Cada vez que paso frente a un concesionario de automóviles, me doy cuenta de que el

mejor estímulo para comprarme uno, no es la idea de desplazarme con libertad, ni la

publicidad de los últimos modelos. El mejor estímulo es salir de ese modelo anterior que

me lleva y me trae, pero que ya no soporto: el Transmilenio de Bogotá.

  

Es que esa motivación empieza cada vez que llega la unidad y me monto utilizando una

mano para agarrar una baranda, mientras que con la otra voy aguantando mi celular en el

bolsillo para asegurar que nadie me lo robe. Por esto, las marcas de celulares sacaron los

relojes inteligentes. Para que a través de ese dispositivo te enteres de qué pasa en tu

celular de una forma más disimulada. Y a medida en que crezca la inseguridad,

llegaremos a ese día en donde tendremos un dispositivo sublingual que vibre para

avisarnos que veamos a través de unos lentes de contacto especiales que nos avisen que

debemos escuchar unos audífonos inalámbricos, que nos avisen que debemos ver el reloj

inteligente, que nos avise que está entrando una llamada al celular para avisarnos que

debemos la cuota de la tarjeta con la que pagamos todos los dispositivos anteriores.

 

Pero sólo así evitamos que un ladrón meta la mano desde afuera y nos robe el celular.

Una modalidad de robo en donde una persona aprovecha cuando el bus está detenido

para usar la rueda de éste como escalón para impulsarse, saltar, meter la mano por la

ventana y agarrar un teléfono. No sé qué están esperando para reclutar a estos

hampones y ponerlos en la competencia de clavadas del juego de las estrellas de la NBA.

 

Aunque la manera que he conseguido para utilizar algo de tecnología en mis viajes en el

Transmilenio, es que aprovecho mi estatura de 1,92 metros para mirar hacia abajo y leer

los chats en los celulares de la gente. Me he encontrado con personas que nos hacen

creer que tienen vista 20/20, cuando en sus celulares usan letra tamaño 375. Aunque el

otro día vi a una mujer que se despidió de su novio en una estación y, apenas subió al

vagón, sacó su celular y comenzó a chatear con el amante.

Otro de mis pasatiempos favoritos en el Transmilenio es el de descifrar el lenguaje de

señas de los conductores de autobús. Un particular conjunto de morisquetas corporales

que usan los choferes cuando se topan con otro colega en un semáforo. De tanto verlos,

ya aprendí a interpretar mensajes como “Una vuelta más y me voy para la casa”, “Esta

unidad está desalineada” y “Me pegaron las cervecitas que me bebí antes de este viaje”.

 

Pero el pasatiempo se ve interrumpido cuando finalmente consigo una silla para

sentarme. Aunque en Bogotá uno no debe sentarse en la silla de una vez porque puedes

pasar por cochino. Es que acá existe una extraña costumbre en donde nadie se sienta

inmediatamente en una silla que acaban de desocupar. Primero la dejan enfriar para que

se le quite el calor “glutiniano” del otro. ¿Por qué harán esto? ¿Para no sentir que “culean”

con un desconocido? ¿Para que no les dé hemorroides? No sé, pero con el acostumbrado

frío de Bogotá las dos cosas que más aprecio de esta ciudad son un asiento tibio en el

Transmilenio y cuando un familiar me deja calientico el aro del inodoro.

 

Una vez sucedió que un señor me dio la silla porque me vio acompañado de mi hijo y

varios bolsos. Al sentarnos, nos miró molesto y dijo:


- ¿No me va a dar algo?

- No -le dije.

- Ay, mire que yo soy de la punta del cerro de Ciudad Bolívar -el barrio más

peligroso de Bogotá.

- ¿Ah, sí?… Pues yo soy venezolano.

Inmediatamente se fue, pues supo que, en esa escala involutiva de marginados

bogotanos, mi condición le ganaba por una goleada.

 

Estar ya sentado dentro del Transmilenio brinda otros grandes beneficios, además del

descansar. Por ejemplo, un día vi a un vendedor que de zarcillo usaba un candado de

maleta. Lamentablemente no pude concentrarme en la irreverencia de su moda ya que no

dejaba de pensar: “¿Y no era mejor un candado de combinación? ¿Y si bota la llave? ¿No

le dará pena llamar a un cerrajero y decirle que venga a abrir un candado que tiene en la

oreja?”.

 

Otro día, nos amenizó el viaje un saxofonista tocando el clásico de jazz “Take five” con el

fin de ofrecer sus servicios en eventos privados. Algo parecido a escuchar reggaetón en

un convento. Aunque yo aprecié el gesto, creo que este músico podría lograr que alguien

lo contrate si compra un boleto y toca eso mismo, pero en el pasillo de un avión de Air

France.

 

También vi el caso de un hombre que se subió a pedir dinero diciendo esto: “Amigos, por

favor colabórenme.  Soy padre soltero porque mi esposa falleció recientemente. Y yo

estoy claro, así como ustedes, de que las mujeres son fastidiosas, intensas, bipolares y

dramáticas, pero créanme: el día que no la tengan, la van a extrañar”. Obviamente las

mujeres del vagón no le dieron plata (y yo tampoco, pero para que no me tildaran de

machista).

  

Por todo esto es que me termina resultando difícil no sentir cierta tristeza cuando ya se va

acercando mi estación y me toca abandonar el vagón del Transmilenio. Es que no es fácil.

Uno queda realmente conmovido, además de agradecido, por haber recibido tanta

diversión y de gratis. Pobrecita esa gente que tiene automóvil.

La pizza es mejor que el sexo

Reuben Morales👂🏻@ReubenMoralesYA

Cuando llegue ese día en donde mi hijo Tobías me haga la inevitable pregunta de “Papá,

¿qué es el sexo?”, me tocará responderle de una forma totalmente franca y directa: “Hijo,

es un ejercicio entre dos personas desnudas que termina en una sensación muy intensa

que jamás le ganará al acto de comerte una pizza”.

Porque mi amor hacia la pizza es de tal magnitud, que si en un programa de concursos

me dijeran:

- ¡Amigo Reuben!... ¡En la puerta de la izquierda hay una reina de belleza

totalmente desnuda esperando para complacer todas tus fantasías y en la puerta

de la derecha hay una pizza recién horneada tamaño megafamiliar con pepperoni,

champiñones y aceitunas negras acompañada de una gaseosa helada para que te

la comas tú solito! ¿¿¿Qué dices???

- Bueno, la verdad debo confesar que llevo mucho tiempo falto de cariño, sin nada

de aquello y deseoso de algo ardiente. ¡Por eso escojo la pizza!.

Porque a estas alturas de mi vida me he dado cuenta de que la pizza tiene una gran

cantidad de ventajas que la hacen muy superior al simple acto sexual. En primer lugar,

cuando vas a comerte una, siempre puedes elegir entre una gran cantidad de sabores. En

cambio, cuando se trata de sexo, a veces toca comerse lo único que tienes al frente (así

sepa a empanada fría).

Pero vayamos al momento de preparar la pizza. Cuando uno es comensal, es

desprendido y nada celoso porque no le importa que sea otro quien agarre la masa de tu

pizza y la masajee, la golpee, la voltee como a una media y la lance al aire. En cambio, si

eso ocurre con tu pareja en el sexo, no te enterarás de que a tu “pizza” le echó un

mordisco otro, sino hasta ese momento cuando veas que en tu habitación hay un calzone

ajeno.

Luego viene el momento de los olores. Cuando esa pizza se está horneando, los aromas

que llegan a tu nariz son tan buenos que te preguntas por qué hasta ahora nadie ha

elaborado un perfume con fragancia a pizza recién horneada. En cambio, cuando se trata

de sexo, los olores te recuerdan que hacer el amor es parecido a comer brócoli. Huele

raro, pero después te lo terminas metiendo a la boca.

Ahora llega el momento glorioso de recibir la caja donde viene tu pizza. Es perfecto

porque sabes exactamente lo que vas a recibir (aunque sepa mejor si le echas un

lubricante llamado “aceite de oliva”). En cambio, cuando se trata de sexo, muchas veces

ambos se desvisten y luego piensas: “¡Coño!... ¿Y esas estrías?... Bueno, ni modo.

Sigamos adelante, pero con la luz apagada para que tampoco vea mi tatuaje de Pikachú

al lado de la pokebola”.

Finalmente arribas al momento de comerte tu pizza. Un acto en donde tu cerebro y tu

estómago disfrutan de que, en cada bocado, alcanzan un multiorgasmo. Y si eres tan

generoso de compartir esa pizza, los que te acompañan quedarán tan felices como tú y

además pensando que eres el alfa de la partida porque cada vez son menos los que se

dignan a compartir una pizza. Pero en el sexo no. Porque si el sexo lo haces en grupo, es

probable que termines con un codazo en un ojo, todo muerto de hambre y a punto de la

asfixia porque tienes ciento veinte kilos encima.

¿Y qué podemos decir del precio? Por cara que sea una pizza, siempre será muchísimo

más barata que el sexo. Y no me refiero al sexo con personas que trabajan bajo el

sistema de resort de tiempo compartido. Me refiero al matrimonial, para el cual hasta

debes endeudarte con el banco y quizás jamás te enteres de que siempre estuviste en un

resort de tiempo compartido.

Por eso, para cuando llegue el momento crucial en donde mi hijo Tobías me haga esa

pregunta de qué es el sexo; creo que logrará entender que la respuesta correcta es una

pizza recién horneada, tamaño megafamiliar con pepperoni, champiñones y aceitunas

negras acompañada de una gaseosa helada. Aunque, cuando complete esta pregunta

con el infaltable: “Papá, ¿y entonces de dónde vine yo?”. Ahí le contestaré: “De una cita

romántica en donde antes nos fuimos a comer una pizza”.

Entrevista a la Crisis de los 40

Reuben Morales👂🏻@ReubenMoralesYA

La medicina ha avanzado en muchísimas áreas, menos una: inventarse la vacuna contra

la crisis de los 40. Por eso fui a hablar directamente con el señor “Crisis de los 40” en su

parque de diversiones favorito: un café con barra de ensaladas.


Al llegar, me costó reconocerlo porque vi que llevaba una gorra de visera plana,

bermudas, un tatuaje nuevo en el brazo, barba y lo acompañaba una pareja como veinte

años menor. Aunque lo identifiqué porque le vi unas várices en las piernas y que leía el

menú alejándolo con la mano, achinando los ojos y echando el cuello para atrás como

una gallina a punto de picotear.


REUBEN: ¡Míster Crisis de los 40!

CRISIS DE LOS 40: ¡Ssshhh!, que mi novia cree que soy más joven. Amor, ¿nos podrías

dejar solos un momento?

R: Hermano, por favor explícame qué me está pasando. Yo creía que era mercurio

retrógrado, pero esto ya se está alargando más que un juego de béisbol con reglas viejas.

CDL40: Mira, no me levanto de golpe y me voy porque me da mareo. Así que cuéntame.

R: Es que me siento estafado. ¿Los 40 no y que eran los nuevos 20?

CDL40: Sí, los nuevos 20 achaques que te dan.

R: ¿Como el de querer usar pantalones chupi-chupi? ¿A ti no te aprietan demasiado la

barriga?

CDL40: ¡Claro! Pero el truco está en no abotonárselos y sólo usarlos con camisas por

fuera del pantalón.

R: ¡Ah, ya!... Pero mira, aclárame algo: ¿por qué me estoy sintiendo así?

CDL40: Para eso debemos irnos a la numerología por la sencilla razón de que se llama

“Crisis de los 40”. Entonces, 4 + 0 = 4. Es una crisis que te pone en cuatro.

R: ¡Claro, por la visita al urólogo!

CDL40: Obvio, aunque la crisis de los 40 también tiene muchas ventajas.

R: ¿Cuáles? Porque yo no las veo.

CDL40: Bueno, si quieres que te las diga, al menos págame la cuenta, porque esto de

salir con una de 20 me tiene más quebrado que empresa nacionalizada.

R: Ojo, pero tampoco creas que soy un cuarentón de los años ochenta. Yo soy un

cuarentón de los de ahorita, que no tiene para comprar casa propia, pero dale. Te la pago.

CDL40: ¡Perfecto! Entonces mira: la primera ventaja de tener 40 es que puedes hacer

reclamos en la calle y la gente te presta atención.

R: Totalmente.

CDL40: Además de que uno a esta edad goza barato, porque los placeres de los 40 son

sencillos: dormirse a las 8 de la noche, levantarse a las 4 de la mañana sin sueño, darse

duchas frías para estimular la circulación, hacer ayuno intermitente, dormir una siesta

después de almorzar carne de soya, leer libros de autoayuda y decir la palabra

“resiliencia”.

R: ¡Verdad, me ha pasado!

CDL40: Ahora, pero tampoco te emociones y caigas en las tentaciones del cuarentón.

R: ¿Tentaciones? ¿Cuáles?

CDL40: Bueno, nada de tener amigos más jóvenes.

R: ¿Y eso?

CDL40: Porque no entienden tus chistes y cuando les muestras un reguetón que para ti

es nuevo, se burlan diciendo que eso es viejíííííísimo porque apenas es del año pasado.

R: Ah, sí… a mí me fastidian con que hago chistes de papá.

CDL40: Y ni se te ocurra estar viendo mujeres en la calle.

R: ¿Por qué?

CDL40: Porque con esa calva que tienes, quedas como viejo verde.

R: Entonces me injerto cabello.

CDL40: ¡Menos! Porque el cabello injertado se nota.

R: ¿Sí?

CDL40: Claro, porque los folículos capilares los ponen tan alineaditos, que la cabeza

parece un terreno reforestado.

R: ¿Entonces está prohibido todo?

CDL40: No, no… de hecho hay muchas cosas que puedes hacer.

R: Ah, claro... como una idea que tengo.

CDL40: ¿Cuál?

R: Denunciarte.

CDL40: ¿¿¿Qué???

R: Sí, porque tú eres una pandemia.

CDL40: Pero ya va… es que no te he dicho… Esto de la crisis de los 40 es un negocio

que yo monté con unos coach y unos psicólogos.

R: ¿En serio?

CDL40: Sí… Es más, ¿no te gustaría entrar de socio?

R: Por supuesto, pero en este momento no. Mejor mañana.

CDL40: ¿Mañana? ¿Y por qué mañana?

R: Porque ahorita tengo una cita con un tatuador y después tengo que comprar vegetales

en el mercado campesino.

CDL40: ¿Y eso?

R: Porque no me queda otra, hermano… La medicina ha avanzado en muchísimas áreas,

menos en una: inventarse la vacuna contra esta crisis de los 40.

Mi papá culmina su carrera de piloto

Reuben Morales👂🏻@ReubenMoralesYA

Tras 53 años volando, este año mi papá culminó oficialmente su carrera de aviador

comercial. Para que sólo imaginen lo que significa eso para él, es como que a un

contratista del Estado le prohíban inflar presupuestos.


Son 53 años en donde mi papá voló aviones como el DC-9, 747, DC-10, A300, 727, MD-

80, Beechcraft 1900, el 737 y hasta los papagayos que nos regaló. 53 años en donde voló

en aerolíneas como Avensa, Viasa, Martinair, Ecuatoriana, Air Aruba, Rutaca, Láser, Avior

y Venezolana; maniobrando incluso por la turbulencia de una aviación venezolana en

crisis.


53 años en donde siempre aplicó lo que me dijo una vez cuando me enseñaba a conducir:

“Tienes que manejar imaginándote que atrás llevas a una viejita de 93 años”. Y bajo ese

principio, completó una carrera equivalente a llegar al Salón de la Fama en el béisbol (o a

cantar en un karaoke sin desafinar en una sola nota).


Un viaje que comenzó cuando mi papá, siendo niño, acostaba en el piso una escalera de

pintar, se sentaba en la punta y en cada uno de los recuadros ponía a sus hermanas, a

unos peluches y a la otra hermana que quedaba de pie, la nombraba azafata. Entonces

comenzaba a anunciar que se ajustaran los cinturones porque ya iba a despegar el vuelo.

Y aunque él imaginaba que era un vuelo de verdad, lo que no sabía es que era el vuelo

que lo llevaría hacia la dicha de encontrar para qué lo había puesto Dios en este planeta.


Porque mi papá es piloto desde una época en donde nadie decía “qué resiliente se siente

hacer ayuno intermitente… ¡Literal!”. De esa época en donde volar era vestirse elegante,

donde todos los pasajeros veían la misma película proyectada en la misma pantalla,

donde los baños del avión tenían botellitas de colonia y donde las aeromozas te daban

comida caliente y cubiertos de metal mientras reposabas sobre un asiento acolchado en

el cual tus rodillas no se sentían viviendo acinadas en un apartamento tipo estudio.


53 años de carrera de los cuales yo presencié 43, dándome cuenta de que casi nadie

sabe lo que es tener un papá piloto, pues vives cosas como éstas:


Viajé muchísimo con él y descubrí que la verdadera amenaza en un avión no es que se

monte un terrorista, sino que el capitán lleve en la cabina a un hijo de ocho años que tiene

ganas de jurungar todo como si eso fuese una sala de videojuegos.


La aviación es una carrera en donde los pilotos no pueden llevarse el trabajo a la casa.

Algo que le genera mucha envidia al emprendedor de hoy.


Recuerdo que una amiga mía iba a viajar en un vuelo de mi papá y, aprovechando la

confianza, lo llamó para decirle que lo demorara porque ella aún iba vía al aeropuerto. Mi

papá, siempre tan considerado con la gente, hizo lo que haría todo buen amigo: la dejó

para que aprendiera (recordemos que atrás llevaba su avión lleno de “viejitas de 93

años”).


En la casa, afortunadamente nunca sentimos miedo de que mi papá se estrellara. El

verdadero pánico era cuando mi papá salía de viaje un fin de semana, nos quedaba la

casa sola y después había que dejarla pulcra para cuando él llegara.


Cuando decía que mi papá estaba volando, nunca faltó quien me preguntara: “¿Tu viejo

fuma de aquello?”. Y en mi carrera de comediante también me recomendaron: “Abre

diciendo que le dedicas el show a tu papá que está en el cielo… pero porque es piloto”.


Más o menos así fueron estos 53 años. Una carrera en donde mi papá comenzó con un

tipo de aviación en 1971 y culminó con otra, muy distinta, en 2024. Aunque me atrevería a

pensar que él se inclina más por la de los ‘70; pues en ese gran viaje de crianza que nos

dio, nuestro hogar siempre tuvo baños con botellitas de colonia, comida caliente, cubiertos

de metal y muebles bien acolchados en donde nuestras rodillas disfrutaban de vivir en un

apartamento amplio. Lindos recuerdos que me deja ese gran piloto a quien le estoy muy

agradecido, pues de seguro serán memorias que me llenarán mucho el corazón cuando

llegue ese día en el que me toque ser ese viejito de 93 años.

No monte bicicleta como yo

Reuben Morales👂🏻@ReubenMoralesYA

El otro día me caí de una bicicleta. Aunque bueno, tampoco seamos tan trágicos. Digamos que más bien fui valiente y di la cara por ella. Y como no quiero que algo así le suceda a usted, le cuento qué debe hacer si desea ahorrarse cuatro puntos en un codo y el darse cuenta de que, al quebrarse un diente de adulto, el ratón Pérez no le trae dinero, sino que más bien se lo quita todo para dárselo al odontólogo.


Entonces, lo primero que debe hacer, es salir a montar bicicleta un domingo. Esto ya hace que salga relajado y sin casco, porque usted sabe que la gente los domingos anda por la calle con la actitud de una tortuga con sobredosis de valeriana.


Por tanto, ahora propóngase pedalear hasta casa de su suegra. Es importante que su relación con ella sea tan buena como la mía, de modo que así despierte la envidia de quienes le vean; ocasionando que le lancen malas vibras por ser uno de esos extraños seres que es amigo del “enemigo”.


Ya en casa de su suegra, bébase tres termos de café negro como si fuera enfermera trabajando en el turno de la madrugada. Tal cantidad de cafeína le dará suficiente energía como para subir el Everest… (pero en bicicleta)… (y con la velocidad más dura).


Luego comience a rodar de vuelta a su casa, saque el celular para revisar los chats y confíe en que usted seguirá viendo la vía porque cuenta con un tercer ojo libre de hipermetropía. En ese momento, verá que le llega un mensaje de una amistad que usted aprecia mucho; lo cual le llevará a otra gran idea digna del premio de la selección natural de Darwin: llamarla usando el altavoz.


Es muy importante que, durante la llamada, su amistad le pregunte cuánto cobrar por un trabajo que le pidieron. Ahora su mente entrará en un proceso de multitasking al hallarse manejando bicicleta con una mano, hablando por teléfono con la otra, calculando los honorarios de su amistad, viendo la vía y analizando si pronunció bien la palabra “multitasking”.


Ahora llegue hasta un puente vehicular, dude si subir y entonces tenga el siguiente diálogo con las partículas de cafeína que corren por su cuerpo:



Entonces suba el puente para luego notar que, durante el descenso, su bicicleta comenzará a desarrollar una velocidad parecida a la de un motociclista luego de partir un retrovisor. Es importante que, al final de dicho puente, un ingeniero civil haya construido una acera pensando en que algún día bajará por ahí un ciclista manejando con una sola mano.


A este punto, ya su cerebro estará procesando a nivel de una computadora que tiene veinte páginas de internet abiertas a la vez. Por lo tanto, usted no podrá evitar chocar con la acera y salir volando de la bicicleta como arquero en penales para luego aterrizar en la acera gracias a ese tren de aterrizaje que Dios le dio: el codo y los dientes. Y todo por no armar el freno de emergencia básico de todo ciclista: los zapatos desamarrados para que se enreden con la cadena.


Usted ahora se levantará del piso y, en medio del dolor, notará que le hacen falta su dignidad, cuatro puntos en el codo y un pedazo de chicle para ponérselo en el hueco del diente que acaba de perder. No obstante, todo será por una buena causa, pues a los días le llegará la noticia de que a su amistad la contrataron para el fulano trabajo (aunque estemos claros que fue un “golpe” de suerte).


Lo malo es que, a pesar de todo lo sucedido, las ganas de manejar bicicleta no se le irán del cuerpo. Por tanto, usted se quedará esperando que inventen la bicicleta con airbag, que su suegra no prepare un café tan rico los domingos y que su amistad aparte alguito de lo que cobre en ese trabajo para transferirlo directamente a la cuenta bancaria del odontólogo.

Normas de etiqueta para usar audífonos inalámbricos

Reuben Morales👂🏻@ReubenMoralesYA

¡Epa!... ¡Yuju!... ¡Yo del futuro!... ¿Estás ahí?... Es que estoy en los primeros días de enero y nada que me llega una carta tuya. En cambio, a muchos de mis amigos ya les llegó su video de “Si pudiera hablar con mi yo del pasado” o su “Carta a mi yo del pasado”, pero a mí nada. ¿Qué fue?. ¿Te hice algo malo? Es que me tienes más abandonado que arbolito de navidad en agosto.

Te escribo porque quiero que por favor me cuentes cómo me irá este nuevo año. De verdad no quiero consultar el horóscopo porque siempre es muy genérico. Por ejemplo, tú sabes que ambos somos virgo. Entonces consulté en estos días en internet y decía: “Mantén la distancia”. ¿A qué se refiere? ¿Viene otra pandemia? ¿Acaso se me acentuará la presbicia y tendré que leer todo desde más lejos? ¿Y de cuánta distancia estamos hablando? ¿Es en metros o en pulgadas? Ahora, y si todos los virgo que estamos en el planeta mantenemos esa distancia como dice el horóscopo, ¿también debemos mantenerla entre los que somos virgo? ¿O los virgo podemos tener un club aparte donde nos podamos hablar de cerca? Aunque siempre me queda la duda: y si un virgo que aún es virgo mantiene distancia, ¿deja de ser virgo?.

¿Ves cuan impreciso es el horóscopo, yo del futuro? Por eso, me parece mucho más fácil que simplemente escribas una carta o me envíes un video y listo. Me lo puedes enviar a mi correo electrónico. ¿O será que no me has podido mandar esa carta porque en el futuro ya no existe mi correo electrónico favorito, que tú y yo sabemos que es el de Yahoo!?.

Por si acaso, déjame revisar la carpeta de spam a ver. ¿Será que tú eres ese correo que me llegó de un príncipe nigeriano que quiere repartir su herencia? ¿O será que debo estar atento a las señales del universo porque te vas a manifestar en forma de retortijón o uña encarnada?.

La verdad, me genera mucha ansiedad esta espera por tu carta, querido yo del futuro. ¿O será eso? ¿Que te estoy diciendo solo “yo del futuro”? ¿Debería referirme a ti con más respeto porque eres mayor? ¿Te sirve don señor su merced yo del futuro? ¿O para evitar que la gente se siga confundiendo ya te cambiaste el nombre de Reuben a solo Rubén?.

En todo caso, solo quiero que sepas que me vendría bien si sacas un tiempito para escribirme una carta a mí, tu yo del pasado, y no me dejas ignorado como brocheta en reunión de veganos. Y si no me la estás escribiendo por eso de que uno debe tener la iniciativa primero, está bien. Daré ese primer paso por acá y le escribiré ya mismo a mi yo del pasado (y para salir de eso rápido, será a mi yo de hace media hora). Voy:

“Querido yo de hace media hora: te escribo para que sepas que toda esa angustia que tienes por el futuro pasará. Lograrás, con éxito, colar el café a la vez que te cepillas los dientes. Tampoco despertarás a nadie de la familia, pues lograrás la difícil hazaña de guardar los platos limpios sin hacer ruido. Luego te advierto que escupirás el café sobre la computadora porque le habrás echado sal en vez de azúcar. Pero tranquilo, será una buena excusa para no conectarte a la reunión de trabajo que tienes.

“Luego comenzarás a preocuparte al darte cuenta de que no llega por ningún lado esa carta de nuestro yo del futuro, pero no te preocupes. Encontré una solución para que aparezca. Escríbele diciendo que te pase el número ganador de la lotería de esta semana para que nos lo juguemos. Así nos volveremos millonarios, invertiremos ese dinero y nuestro yo del futuro terminará convertido en todo un príncipe nigeriano dispuesto a repartir su herencia (pero eso sí, solo a lo

que tienen correo de Yahoo!).

Normas de etiqueta para usar audífonos inalámbricos

Reuben Morales👂🏻@ReubenMoralesYA

¡Ya basta! Es necesario crear un código de conducta para estos dispositivos conocidos como audífonos, auriculares, cascos, yelmos o “esas cosas que olvido que tengo en las orejas desde hace tres días”. Porque ya comienzo a ver que la gente los usa incluso más que injerto de cabello de sugar daddy. De hecho, su uso es tan excesivo, que me preocupa encontrarme a personas que a sus 25 años ya les digas “necesito una luz cenital” y terminen escuchando “necesito una luz genital”. Por eso, presento esta primera edición de mis “Normas de etiqueta sobre el buen uso de los audífonos inalámbricos”:


1) Los audífonos se usan con las baterías cargadas: ¿saben esas personas que

fingen riqueza usando un reloj de pulsera gigante sin pila que parece “Gucci”, pero

que en verdad es “Fucci”? Así mismo hay gente que también usa sus audífonos

sin batería por pura moda. Por eso, si quieres dejarlos en evidencia, grita de

repente: “¡Mira, ahí viene un vendedor de resorts vacacionales!”. Si la persona

voltea y huye, es que esos audífonos estaban más descargados que papá de

gemelos un domingo en la noche.

2) No los uses cuando vayas a la playa o a la piscina: no es porque no me guste

que escuches música mientras tomas sol. El problema vendrá cuando ya te

encuentres sumergido en el agua, sin haberte quitado los audífonos, y la canción

que escuchabas se comience a oír como cantos de ballenas borrachas reunidas

en un karaoke.

3) No los uses si tienes las orejas grandes: hará que tus orejas parezcan un bol

con un marshmallow.

4) Tenlos listos en tu bolsillo para las siguientes ocasiones: si vas a una

entrevista de trabajo y terminas dándote cuenta de que es un reclutamiento para

un negocio piramidal, póntelos. Si te aborda un vendedor de revistas religiosas,

póntelos. Si te sentaron a ver una película en familia que no te está gustando,

póntelos. Si vas a misa y no te sabes ninguna de las oraciones o las canciones,

póntelos. Si eres ministro o congresista y te toca escuchar al presidente por tres

horas, póntelos. Si estás visitando a ese sobrino de siete años al que le regalaron

una batería, póntelos. Si llega un vendedor de resorts vacacionales, póntelos (eso

sí, con las pilas recargadas).

5) No los uses en la cama: a menos de que te cueste levantarte sólo con la alarma.

En ese caso, usa tus audífonos como estímulo adicional para buscar el que se te

salió de la oreja en medio de la noche y terminó debajo de la cama.

6) No los uses en un concierto: es para que a tus audífonos no les pase lo que les

pasó a mis lentes en un concierto de ska al que fui una vez; en donde me metí en

la olla, salté, me empujaron, mis lentes salieron volando, los pisotearon y los

cristales terminaron como vidrio de autobús en medio de protesta estudiantil.

7) No los uses en el gimnasio: porque mientras a ti te ayudan a estar concentrado

haciendo más repeticiones de tu ejercicio, a nosotros ayudan a estar concentrados

pensando en si los lavas al terminar el entrenamiento o si más bien los dejas así y

te los llevas puestos por el resto del día. Te aseguro que hacemos apuestas a tus

espaldas.

A este punto te felicito si pudiste leer las presentes normas sin audífonos puestos.

Muy educado de tu parte. Ahora, si lo leíste con audífonos, espero que hayan estado descargados y que también tengas un reloj “Fucci” sin pila. Eso sí: recuerda que todo lo expresado en este escrito no pretende ser un mandamiento cerrado. Solo son consejos que buscan darte una luz para la vida (aunque espero no sea una luz genital).

Cómo se planifica un regalo de Navidad

Reuben Morales👂🏻@ReubenMoralesYA

La historia de un regalo de Navidad es como cuando en el colegio te mandaban a leer Cien años de soledad, pero al final terminabas comprando el resumen. Porque un hijo no conoce ese diálogo interno que vive un padre en pleno diciembre a medida que se acerca esa fecha que es más temible, que un racionamiento de agua cuando estás todo enjabonado. Y así pasan los días:

“Le daré a mi hijo un set de gamer. Consola, control profesional, juegos, televisor, audífonos, silla gamer, cámara, el set del volante, forro y un regulador de voltaje. La cosa es que no me esperaba esta subida de la inflación.”

“Sincerémonos: ¿quién necesita un set gamer con forro? Ni que viviéramos en el desierto del Sahara. Mi computadora no tiene forro y funciona a la perfección. Mira, uno la prende y… ya va… ¿qué pasa?... ¿Por qué no prende?… No me digas que… ¡Nooo!… ¡Hay que llevarla a reparar!”

“El técnico de la computadora me dijo que gamer responsable desenchufa su consola al terminar de jugar. Así que adiós, regulador de voltaje. A ver si con eso, mi hijo agarra conciencia ambiental.

La mismita que de seguro tuvo el condenado que hoy me clonó la tarjeta. Sería para ahorrarse el plástico, ¿no?”

“La clonada me hizo valorar más lo que tengo y no lo que me falta. Así que chao, set del volante.

Pensándolo bien, a mi hijo ni le gustan los juegos de carros. Es que, para vivir tranquilo, no hace falta mucho. Ya va… ¿será por eso que se me cayeron esos clientes hoy? ¡Ay, nooo!”

“¡Que llegue el 24, por favor! Es que por no tener set gamer, mi hijo se puso a jugar pelota y partió un ventanal del edificio. Ahora, como castigo, se quedó sin silla gamer. Si quiere jugar, que se siente en un taburete de la cocina o que juegue de pie para evitar el sedentarismo. Ahora déjame ver de dónde saco para pagar el vidrio.”

“¡Ya tengo para pagar el ventanal! ¡Cuesta lo mismo que la cámara y los audífonos! ¡Así que bye, bye, cámara y audífonos! Además, causan sordera. Que juegue con el mismo audio del televisor y si quiere cámara, le presto mi celular. Cualquier cosa, cerramos la puerta. Bueno, cuando reparen la filtración que abombó el marco. ¡Ojalá y el albañil no me cobre caro!”

“Si el albañil solo trabajó con una espátula, ¿por qué mi hijo no puede ser gamer con el control que trae la consola? Así son los músicos. Arrancando, usan un instrumento de segunda mano. Y si no me cree, que les pregunte a los músicos del matrimonio al que nos invitaron mañana en la playa. Que, por cierto, debo reservar hotel, avión, alquilar el traje y comprar el regalo. ¿¿¿Por qué hay

gente que se casa en pleno diciembre???”

“Mi hijo ha pasado toda la boda dentro del cuarto viendo televisión. Tanta pantalla le hace daño. ¡Entonces fuera televisor! Si va a jugar, que juegue con el de la sala para yo supervisarlo. Y que se vaya acostumbrando, porque hoy llega mi primo y le toca pasarse a la sala para darle el cuarto.”

“Si mi hijo quiere videojuegos adicionales, que se los compre mi primo. Solo tiene un día aquí y ya me vació la nevera. Come más que reina de belleza después del certamen.”

“¿¿¿Una cuota extraordinaria de emergencia para comprar nuevos ascensores en el edificio???

¿¿¿Justo el 23 de diciembre??? ¡Gracias a Dios está de moda lo vintage! A mi hijo le va a encantar el yoyo que le voy a regalar.”

"Esta fecha me pone melancólico… Uno valora más a la familia… Por eso, me retracto. Mañana le daré a mi hijo su set gamer con todos los accesorios. Sí, pasaremos el día en el local gamer del centro comercial para que mate fiebre y después me deje tranquilo unos cien años de soledad.”

Entrevista a mi alarma despertadora

Reuben Morales👂🏻@ReubenMoralesYA

Luego de que a mi alarma del celular le diera por despertarme a las cinco de la mañana, interrumpiendo un magnífico sueño en donde llegaba una carta de mi banco diciendo que me perdonaba todos los préstamos que le debía; simplemente no aguanté más y la enfrenté para que no me hiciera agarrar más rabias de esas como cuando te retrasan una quincena de salario.

Entonces me serví mi café, me senté, me envolví en una cobija y, mientras aún sentía en mis manos esa idílica carta del banco, increpé a mi alarma:

Familia que limpia unida, permanece unida

Reuben Morales👂🏻@ReubenMoralesYA

El día de limpiar la casa es irónico, porque a toda la familia se le contamina el humor. Incluso nos hace entender que más abajo del “humor de perros”, está el “humor de limpiar la casa”. Porque el anhelo de quien limpia la casa es que la misma se mantenga resplandeciente por (más o menos y aproximadamente) la eternidad del universo. Aunque no sé por qué a estos seres jamás se les ocurre la genial idea de limpiarla a las once de la noche. Para que pase, al menos, ocho horas limpia y después nos permita amanecer sintiendo que vivimos en el palacio de Buckingham.


Por ello, creo que el mito bíblico del origen del universo está equivocado. Me imagino que el universo originalmente era un desorden todo sucio. Entonces llegó un tal Dios, limpió, organizó,

pasó coleto (y creó todos los sinónimos de “pasar coleto”, como trapear, pasar lampazo o pasar mopa) y exclamó: “Hijos míos, podéis recorrer toda mi creación excepto este piso que acabo de coletear”. Ante lo cual Eva dijo: “Adán, baila conmigo pegadito en esa baldocita”. Y así fue como Dios los expulsó del paraíso.


Es que no hay mejor estímulo para caminar, que un piso recién coleteado, ¿no? Incluso creo que el famoso milagro de Lázaro en verdad fue porque Jesús le dijo: “Lázaro, acabo de coletear”. Y Lázaro se levantó y anduvo.


Además, ese día de limpiar la casa en familia siempre es anunciado un día antes cuando uno de sus miembros dice: “¡Mañana se me paran temprano porque voy a limpiar la casa!”. Sentencia ante la cual uno comienza a escribirle a todos sus amigos para ver si alguno, por casualidad, se está mudando y necesita ayuda.


Es entonces cuando una mente brillante de la población oprimida de la casa le propone a ese líder limpiador: “¿Y por qué no nos dividimos las tareas y así limpiamos la casa más rápido?”. Ante lo cual, ese líder responde con un conciliador y armónico “¡NO!”. Porque ese capitán sabe muy bien que en su familia existen personalidades de limpiadores que no le convienen.


Está el limpiador gubernamental, que limpia solo lo que ve la opinión pública. Está el limpiador ecológico, que recicla el sucio pasándolo del piso a debajo de la alfombra, de abajo de la alfombra a debajo del mueble y de abajo del mueble a sentarse duro sobre éste para que el sucio se pegue a la base y desaparezca por siempre. Por último, está el limpiador tipo quirófano, caracterizado porque limpia el piso lavando cada baldosa por encima, por las juntas y hasta es capaz de despegar cada baldosa, limpiarla por debajo y después volverla a pegar. Esta es la personalidad de ese líder limpiador.


Entonces uno, apelando a la lógica, dice: “Hagamos algo mejor. Nosotros salimos para que limpies en paz y volvemos en unas horas.” A lo que dicho líder responde: “¿Creen que van a disfrutar solos mientras yo me mato aquí? Ustedes se quedan, pero sin ensuciar”. Momento en el cual uno pasa a ser un rehén secuestrado sobre una cama de la cual es imposible bajar los pies porque “el piso está recién coleteado”. Y también sabe que es inútil llamar a la división antisecuestros de la

policía. Estos no podrán rescatarlo hasta que no se seque el piso.


Aunque lo bueno, es que ese día de limpiar la casa significa toda una prueba de amor para la familia. Porque si ves a tu pareja sudada, en chancletas, con guantes amarillos, despeinada, con la franela vieja llena de huecos y aun así te parece adorable; entonces tu familia tiene un futuro garantizado. Ya que limpiar la casa es como un ejercicio. Lo sufres, pero después sientes la satisfacción de los resultados: un verdadero y renovado hogar, dulce hogar… Hasta que ocurre

esto:

Disfraces de Halloween que sí asustan

Reuben Morales👂🏻@ReubenMoralesYA

Considerando que Frankenstein es una mezcla de humanos de distintas razas, lo

cual hace que ya no parezca un disfraz sino un activista progre.


Considerando que El Hombre Lobo ya no tiene motivos para asustar a nadie

porque casi todos los espacios del planeta ahora son pet friendly.


Considerando que disfrazarse de Drácula es asumir el rol de un señor que busca

cuellos de doncellas, lo cual termina dejándolo a uno como un vulgar viejo verde.


Por todo esto, me he dado a la tarea de presentarles opciones de disfraces para

que, en su próxima fiesta de Halloween, asuste más que ir al baño en medio de la

madrugada y encontrar que no hay papel. Con usted, los últimos lanzamientos de

la temporada:


Disfraz de factura de electricidad: aunque éste es efectivo si pone el monto en

euros, la columna de consumo del mes bastante alta y la fecha de corte con el

mismo día en que lo esté usando. Y si quiere asustar aún más, en medio de la

fiesta baje todos los interruptores de electricidad del tablero principal y grite: “¡Se

los advertí!”.


Disfraz de olla sucia con avena pegada: además de miedo, este disfraz pudiese

provocar peleas entre las parejas de la fiesta cuando uno le diga al otro: “¡Igualita

a la olla que me dejas todos los días en el fregadero!”. Eso sí, con este disfraz ni

se le ocurra asustar a su pareja actual. Podría ocurrir algo horrible: que le den una

olla sucia para que despegue la avena.


Disfraz de celular con batería en 2%: es un disfraz que cobra aún más vida si

también dice: “¡Pirú!”. Aunque tenga presente que a las fiestas de Halloween

asiste mucha gente buena. No vaya a ser que lo sorprendan enchufándole un

cargador donde menos se lo espere.


Disfraz de fanático religioso: lo malo de éste es que usted no podrá ver si en

realidad asusta, dado a que todo el mundo se mantendrá como a cinco metros de

su persona. Aunque pasado un rato, el disfraz logrará el efecto buscado: todos

rezarán (pero para que usted se largue).


Disfraz de tubo de crema dental vacío: aunque no respondemos si en la fiesta lo

agarran entre varios y lo escurren, dicho disfraz asusta más si es vintage y hace el

tubo como los de antes: metálico.


Disfraz de báscula: este disfraz asusta por completo si deja que las personas se

le paren encima y usted les da un peso con veinte kilos de más. Aunque no respondemos si termina montándosele una persona de 200 kilos. Ahí el asustado

será usted.


Disfraz de prueba de embarazo positiva: este disfraz hará que la fiesta acabe

en un disturbio con bombas molotov si usted solo opta por asustar a las jóvenes

solteras. Eso sí: evite usarlo si su pareja tiene un retraso. Otra vez, el asustado

será usted.


Llegados a este punto, por favor me cuenta si decide usar alguno de estos

disfraces en Halloween (y si gana algún concurso, me pasa una comisión por

derechos de autor). Aunque si la situación económica y la agenda no le dan para

estarse disfrazando, no importa. No vaya a ninguna fiesta. Y cuando le pregunten

por qué faltó, usted simplemente responda: “Sí fui, pero no me viste porque estaba

disfrazado del precio de la comida de hace dos años”.

Inducciones futuras al Salón de la Fama del Béisbol

Reuben Morales👂🏻@ReubenMoralesYA

Al ritmo que viene esta fe ciega en las llamadas “analíticas” del béisbol de Grandes Ligas -en donde hasta pudiera demostrarse que un jugador malísimo fue el mejor siendo el peor de las Grandes Ligas- no me extrañaría que en un futuro nos encontrásemos con una hipotética inducción al Salón de la Fama de Cooperstown así:


“En nombre de la Asociación de Escritores de Béisbol de América, anunciamos la exaltación al templo máximo del béisbol del pelotero Benny Machuca, por seguir siendo al día de hoy el jugador que más jonrones bateó bajo las siguientes condiciones exclusivas: que fueran agarrados en las gradas por un fanático que luego lanzara la pelota de vuelta al terreno en señal de protesta, mientras el jonrón era bateado en conteo de tres bolas, un strike, un out, perdiendo por una carrera, en estadios de equipos de la Liga Nacional de la costa este de los Estados Unidos, a la vez que su equipo jugaba como visitante, con una afición de 23.500 personas, siendo el juego un martes en la noche, con una temperatura de 27 grados centígrados, vientos de 11 millas por hora soplando de noreste a suroeste, siendo primavera, bajo una humedad de 73%, mientras había corredores en primera y tercera y le fue lanzada una recta de 93 millas por hora, bajita y adentro, por un relevista medio zurdo.


“Todo lo anterior, mientras bateaba a la mano izquierda, pegando el jonrón en el segundo 0:04 del cronómetro de pitcheo, mientras vestía la camisa de su equipo con el primer botón desabotonado, luciendo una cadena de oro en el cuello con un dije del número de su uniforme, mientras mascaba tabaco alojándolo en su cachete derecho, calzando zapatos de corte bajo, marca Nike, color blanco, talla 43 y medio, luciendo tatuajes en sus antebrazos, mientras llevaba rayas negras debajo de sus ojos a la vez que usaba guantines de colores distintos entre sí y sujetaba un bate cuya mitad inferior era blanca y la otra negra (siendo el mismo con resina de pino orgánico sembrado en el noroeste de Canadá).


“Todo lo cual sucedía mientras Benny Machuca lucía un corte de cabello con ‘dreadlocks’, puntas decoloradas y los laterales de su cabeza rapadas y que, al batear dichos jonrones, se persignaba, se daba dos golpes en el corazón y luego lanzaba el bate haciendo que éste diera tres vueltas en el aire para luego llegar al home y saludarse con sus compañeros chocando los cinco, seguido de un abrazo y después una nalgada para así finalizar dicho ritual tomando dos buches de Gatorade de frutas tropicales mientras lanzaba tres besitos a la cámara de televisión que estaba dispuesta en el dogout.


“Por esta razón, el Salón de la Fama del Béisbol de Grandes Ligas le da la bienvenida al gran Benny Machuca por fijar esta increíble marca de 5 jonrones dados bajo estas exclusivas condiciones que hoy lo acreditan como miembro de un selecto club dentro del ya elitesco club de la historia de este deporte. Ahora les damos un receso de cinco minutos para que tomen agua y vayan al baño porque aún falta presentar a otros dos jugadores que también fueron electos este año al Salón de la Fama de Cooperstown”.

Qué pena cuando yo sea abuelo

Reuben Morales👂🏻@ReubenMoralesYA

Todos hemos escuchado cuando un abuelo cuenta esas anécdotas de cómo la calidad de vida de su época era similar a la calidad de un producto chino: en fotos se ve buena, pero en la realidad es más frágil que estómago enfrentando un café con leche.


Cuentos en donde “mi papá se transportaba en caballo”, “en mi pueblo había un solo teléfono”, “agarrábamos agua de un pozo que surtía a toda la comunidad”, “tu abuelo y yo nos enamoramos por cartas y después nos casamos”, “éramos once hermanos”, “viajamos en barco por semanas y llegamos a este país sin nada”, “nos dio paludismo y fiebre amarilla”, “yo amamanté a los hijos de la vecina” y “este reloj pasó de mi abuelo a mi papá y luego a mí”. Tras escuchar esas anécdotas, uno agradece que no existe la utópica máquina del tiempo, pues no sabemos si un centennial podría viajar sin regresar con síndrome de estrés postraumático.


Por eso me apena el sólo pensar en ese día en el que yo sea abuelo y me toque hablarle a mis nietos (que seguramente será porque hubo un apagón, sus dispositivos se descargaron y no les quedó otra que sentarse a escuchar los cuentos del abuelo Reuben). Sería algo así como…

- Abuelo, ¿y cómo era la vida en su época?

- ¡Muy dura! Nada que ver con ahora.

- ¿Pero y cómo era un día suyo, por ejemplo?

- Bueno, se trabajaba en condiciones muy difíciles. Las computadoras casi que ni

funcionaban si no les conectabas una cosa llamada ratón, que terminaba dando síndrome de túnel carpiano en la muñeca y quedabas de reposo por una semana.

- Wuao…

- Eran otros tiempos… Imagínense que un internet decente era como de cincuenta megas.

- ¿¿Megas??... ¡Ja, ja, ja!… ¿Qué tenían en el router? ¿Un caracol?

- Para que vean… Y con eso hacíamos lo que llamaban “trabajo virtual”, que era estar todo el día en pijama sin salir de la casa y sin ver a nadie en carne y hueso… Uno se sentía preso en una cárcel de máxima seguridad.

- ¡Pobrecito, abuelo!

- Lo bueno es que uno podía trabajar escuchando la música que uno quería. Yo, por

ejemplo, escuchaba a uno que se llamaba Bad Bunny, que hablaba de chuparle el pompis a las mujeres.

- ¡Qué anticuado!

- ¡Y eso era un escándalo en esa época!

- ¡Impresionante!… ¿Y qué comían?

- ¡Eso sí era un problema! Imagínense que uno a veces pedía un domicilio y eso podía tardar hasta una hora en llegar.

- ¿Quééééééééé? ¡Casi una huelga de hambre! Impresionante que esté aquí hoy.

- No, pero uno se la vacilaba… Yo después almorzaba viendo mi celular.

- ¡Ce-lu-lar!... ¡Verdad que ustedes usaban eso!

- ¡Aparato del cipote! Para cargarlo había que enchufarlo como una hora.

- ¡Ja, ja, ja!

- Y ustedes no saben lo que uno paría aprendiéndose esos audios y coreografías para

montarlas en algo que llamaban TikTok.

- ¿¿En serio??

- Sí… y la gente hoy se queja porque tiene que memorizarse algo pa’ un examen. ¡Eso sí era candela!

- ¡Uy!... ¿Y qué hacían después del trabajo?

- Veíamos películas de plataformas, ¡pero ustedes no saben lo que era el proceso de

escoger una película! Uno podía tardar hasta media hora en eso.

- ¿¿¿Quéééé???

- Y todos terminaban agarrados porque querían ver algo distinto.

- ¡Qué horrible!

- Yo por eso me encerraba en mi cuarto y me ponía a ver mis jueguitos de béisbol,

tranquilito, unas dos horitas… ¡Aunque había juegos que duraban hasta cuatro!

- ¡En ese tiempo uno saca una carrera hoy, abuelo!

- ¡Pa’ que vean lo dura que fue mi época!

¡Qué pena! La verdad es que me da muchísima vergüenza el sólo pensar en ese día cuando me toque ser abuelo. Aunque nunca pierdo la esperanza en el futuro. Siempre me queda el consuelo de que mi vejez será muchísimo más honorable y digna, si la comparo con el inevitable día en donde a ese nieto mío también le toque ser abuelo.

Los amigos en Venezuela son como los mangos

Reuben Morales👂🏻@ReubenMoralesYA

Yo nací y crecí en Venezuela. Y allá, uno entendía que los amigos eran como los mangos. Los encontrabas en todos lados, aparecían sin pedirlos, eran gratis, algunos lamentablemente se pudrían y otras te llegaban en forma de apetitosas mangas.


Ahora, al emigrar, me sigo dando cuenta de que los amigos son como los mangos. La cosa es que, fuera de Venezuela, los mangos sólo los encuentras dentro de un supermercado, son costosos, escasos, no todo el mundo los conoce, sólo te ofrecen mangos verdes como si se tratara de la versión Angus de los mangos y cuando tienes uno amarillo en tu mano; lo tratas con más cariño que a tu pasaporte en un viaje.


Así es la vida del emigrante. Una vida de mucha soledad y pocos mangos, por lo que uno vive recordando lo afortunado que era en Venezuela cuando vivía rodeado de esta fruta por doquier. Aunque todos eran distintos y ninguno era perfecto, eran lo mejor.


Estaba el amigo “mango dulce”, que era ese mango que sabía muchísimo, pero no por sus estudios académicos, sino porque le sabía la vida a todo el mundo y uno disfrutaba saboreando todos esos chismes durante horas.


Estaba el amigo “mango maduro”. Ése que se cae de la mata y te da en la cabeza, convirtiéndote en una versión tropical de Isaac Newton descubriendo la gravedad. Éste es el amigo que te baja los ánimos por ser pesimista. Y cuando le dices que es pesimista, te dice: “Yo no soy pesimista, soy realista. Porque la realidad es lo que es y no lo que a nosotros nos gustaría que fuese”.


Teníamos al amigo “mango kamikaze”. Era ese mango que permitía que lo lanzaras contra la mata para tumbar más mangos, así él terminara estrellado del otro lado de la calle. Era ese amigo que recibía la llamada de tus papás o de tu pareja, cuando estabas en una travesura, para siempre decirles: “Sí, él está aquí conmigo, pero ahorita está en el baño”. 


Nunca faltaba el amigo “mango verde”. Era el amigo que por sí solo era antipático, pero una vez le echabas sal y adobo, se convertía en el alma de la fiesta. Básicamente era como el genio de Aladino. Al destapar la botella, salía a relucir en todo su esplendor.


También estaba el amigo “mango podrido”. Se caracterizaba por su aura compuesta de moscas, su olor a licor de mango y porque siempre estaba empotrado ahí, en el patio de la casa. Era ese amigo que llegaba a una fiesta de tu familia y amanecía al otro día, acostado en un sofá, borracho y oliendo tanto a cigarro, que parecía un salón de bingo ambulante.


Contaba uno con el amigo “mango de nevera”. Era ése que uno dejaba olvidado en la nevera, no lo miraba, no lo tocaba y dos semanas después, seguía ahí… conservadito y esperando que uno lo sacara. Básicamente era como los actores de las películas de acción. Aunque la academia siempre los ignore, todos sabemos que son los mejores.


Teníamos al amigo “mango de hilacha”. Ése que, por más que buscaras desprenderte de él, siempre se aferraba a ti, dejándote evidencias en todos lados. Básicamente es el amigo al que nunca le contestas el teléfono por una sola razón: cuando habla, no se quiere despedir.


Estaba el amigo “mango suculento”. Se trataba de ese amigo o amiga que vivía mostrándole la pepa a todo el mundo. Lo bueno es que luego nos divertía por horas contándonos quién se lo había comido.


Aunque nunca estaba de más el amigo “mango comprado”. Porque en un país como Venezuela - donde se consiguen mangos gratis donde sea- era ese amigo demasiado vivo que lograba venderle un mango a cualquiera o ese amigo tan “caído de la mata”, que terminaba pagando por un mango aun viviendo en Venezuela.


Quienes emigramos, recordamos cuando en algún momento fuimos uno de estos mangos. Ahora, en cambio, somos mangos de exportación, exhibidos fríos y solos en el anaquel de algún supermercado extranjero; buscando que nuestra existencia se limite a una relación comercial con alguien. Aunque cuando nos prueban, se sorprenden de ese gran sabor que siempre tenemos concentrado en un solo objetivo: volver a ser un mango más de ese patio llamado Venezuela.


Lo más aguado de la natación

Reuben Morales👂🏻@ReubenMoralesYA

Tras más de una década practicando natación, me he dado cuenta de que lo más difícil de este deporte no es precisamente nadar. Por el contrario, son todas esas cosas que rodean el deporte.


Lo difícil de la natación es que se rige bajo la siguiente lógica de mercado: cuanto más pequeña es la prenda que necesites, más cara te sale. Es como votar por un socialista. Uno no entiende cómo una papeletica de votación tan pequeña termina saliendo tan cara. Aunque luego comprendes que en verdad no estás pagando por la prenda como tal, sino por una terapia de autoaceptación llamada “Mostrarte en Tangas” (que te deja con la duda de si te inscribiste en natación o en un grupo de soporte emocional para nudistas enclosetados).


Lo difícil de la natación consiste en dominar el arte de ponerte un gorro de látex en la cabeza sin que salga disparado como cohetón navideño. Y luego de ponértelo aceptar que, si te tomas una selfie con éste, saldrás con la cara tan estirada como la de estrella de televisión que no quiere perder el trabajo.


Lo difícil de la natación es que te exige tener más estómago que maquillador de muertos. Terminas viendo tanta celulitis, barrigas flácidas y várices, que ya no sabes si eres nadador o cirujano plástico. Además, te obliga a ver grandes cantidades de una parte del cuerpo que es más polémica que influencer buscando popularidad: los pies. Ves pies pálidos, con uñas largas, micosis, el dedo gordo metido, el dedo medio extralargo, el dedo pequeño sin uña, el talón agrietado, planos, de empeine peludo y con la planta negra. Y cuando ya logras superar la impresión de ver todos estos engendros dignos de una casa del terror; la natación te pone otro reto: alcanzar a un

compañero de carril en el agua y, sin querer, tocarle la punta de los pies.


Lo difícil de la natación es que te reta a no parecer un pervertido. Sucede que en tu equipo siempre hay una mujer muy guapa, lo cual provoca que todos los hombres terminemos nadando con la cabeza curiosamente volteada hacia un lado. Por el contrario, las mujeres son mucho más discretas (aunque siempre termino dándome cuenta de cuando voltean a ver las bondades de este Michael Phelps hecho en socialismo).


Lo difícil de la natación es tu relación con el entrenador. Jamás entenderá que no puedes escucharle debajo del agua. Es como tratar de echar un chisme en una discoteca. Así mismo, te enseñará a administrar tus energías. Pero no tus energías para nadar veinte piscinas a toda velocidad, sino tus energías para no estrangularlo cuando se ríe de que acabas de tragar más cloro que una poceta.


Lo difícil de la natación es que te siembra dudas existenciales más grandes que la de “¿Qué fue primero? ¿El huevo o la gallina?”. En efecto, la duda más trascendental que te genera es: “¿Hago pipí en la piscina o mejor me salgo y voy al baño corriendo como un pingüino?”.


Lo difícil de la natación es que te hace pasar pena en público. Sucede que puedes estar en un supermercado repleto de gente y toparte con un compañero de equipo. La cosa es que nunca lo saludas inmediatamente porque te cuesta reconocerlo. Finalmente lo identificas y le dices a viva voz: “¡¡Discúlpame ésa!! Es que no te reconocía con ropa”. Luego quedas estupefacto cuando el supermercado entero voltea a verlos como si fuesen miembros de un club swinger.


Lo difícil de la natación es que, gracias al cloro, dejas de tener cabello. Ahora pasas a llevar sobre tu cabeza una extraña paja seca que, con el tiempo, termina calificando como musgo de pesebre.


Sin embargo, tras una década de estar nadando, comprendo que varias de estas dificultades pueden ser superadas. Hoy, por ejemplo, puedo reconocer a mis compañeros de equipo con ropa, no llevo musgo sobre mi cabeza porque la calvicie la dejó como un desierto del Sahara para piojos y estoy totalmente seguro de que prefiero correr al baño como pingüino (para que además mis compañeras disfruten de este cuerpecito de Michael Phelps hecho en socialismo).


Carta a mi perrita Lili🐶

Reuben Morales👂🏻@ReubenMoralesYA

Lili, escribirte esta carta me da más pena que cuando los vecinos me escuchan hablándote chiquito y en tonos agudos, como si fueses una niñita. Pero por favor entiende. Es que me estás haciendo quedar mal. Antes de que tú llegaras, yo era un tipo que se negaba a tener mascotas en la casa. Hasta disfrutaba pensando en el dinero de sobra que tenía cada mes cuando me comparaba con otros amigos que tienen mascotas. Ahora mira tú. Llegaste y no sabes el compromiso en el que pusiste mi integridad moral. Me haces sentir como un político socialista cuando le descubren un reloj Cartier… en la guantera de su Ferrari… que está aparcado en su mansión italiana… al lado de un helicóptero… en donde lo espera su bella sugar baby… (quien era de clase obrera, pero que él emancipó porque es fiel a sus principios ideológicos).


Lili, es que de un día a otro me convenciste de hacer cosas que jamás hubiese podido ni mi amiga que siempre me quiere vender cosméticos de catálogo -incluso si me los vendiese emborrachándome y apuntándome con un AK-47.


Lili, hasta yo me burlaba de la gente que les ponía camisas y suéteres a los perros. Ahora ya tú tienes una selección como de tres conjuntos que lavamos con más delicadeza que las pantaletas de tu mamá. Ay, ¿viste?... ¡Papá le dijo “mamá” a tu dueña!... ¿En qué culto entré?


Lili, antes me parecía de muy mala educación entrar al ascensor y conseguirme a un vecino lleno de pelos de mascota en su ropa; al punto de parecer una versión alopécica de Chewbacca. Incluso, hasta pensé en escribirles a las principales cadenas de ropa para que sacaran una colección de camisas, suéteres y pantalones con pelos de mascota para así hacernos millonarios. ¿Ves a lo que me has rebajado? Si ya hasta duermes con nosotros en la misma cama y me molesto cuando pasas toda la noche del lado de tu mami… (¿¿¿ahora tu papi le dijo “mami”???... ¡Reclúyanme!).


Lili, antes me parecía muy poco profesional cuando tenía una reunión virtual con alguien y de repente se le atravesaba el gato por la cámara caminando sobre el teclado. Ahora solo hago reuniones virtuales con una condición: que tú estés acostadita en mis piernas y arropada con mi camisa. Eso hasta me hace sentir millonario, porque me veo como Paris Hilton con su perrita.


Lili, antes regresar a mi casa hasta podía ser motivo de aburrimiento si la estaba pasando bien en la calle. Ahora, cuando estoy fuera, sólo pienso en llegar para que me recibas con ese particular aroma de tu fragancia “Lambeteur Du Perrité Eau de Toilette”.


Lili, antes me parecía ridículo y hasta poco productivo que una familia tuviese que dejar a alguien en el apartamento para cuidar a la mascota. Ahora figúrate tú. En la casa tenemos todo un tráfico de influencias y hasta sobornos entre tu mami, tu hermanito y yo para ver quién tiene la fortuna de quedarse en la casa contigo. Lo malo es que no sé hasta cuándo me vayan a creer la excusa de que falté a un compromiso porque estaba enfermo… (¿¿¿y viste que papi ahora le dijo “hermanito” a tu otro dueño???).


Lili, antes me parecía caprichosa la gente que le daba melón y jamón de pavo a sus mascotas. Ahora hasta estoy pensando si te viene bien ser vegana, que hagas ayuno intermitente o si incluso debo regularte la tensión poniéndote un poquitico de ajo en la Perrarina.


¿Ves todo esto, Lili? Por eso espero que recibas esta carta y te la comas para por fin poder usar la excusa de que mi perro se comió la tarea. Es que no sé si soportaría el bullying que me harías si tuvieses la capacidad de leer esta “Carta a mi perrita Lili” (que por cierto, ¿venderán lentecitos de lectura para perritos a ver si así puedes leerla?).


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